Historia de domingo

Relatos de mi abuelo
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– No recuerdo por qué, pero me detuve y giré la cabeza. Ninguno de los dos había visto al otro y ya era demasiado tarde para evitar el accidente.
– ¿Qué tiene eso que ver con la primera vez que…?
– Espera.
– ¿Tendré que esperar hasta la semana que viene?
– ¡Ten paciencia! La embestida de aquella bici  –continuó–  fue peor que unos cuantos arañazos y unas horas en el hospital. Caí con tan mala suerte que mi libreta se deslizó entre mis manos y se hundió en un charco.
– ¡Menudo fastidio! –yo nunca había tomado apuntes, pero el comentario me pareció adecuado.
– Necesitaba aquella libreta para estudiar. Tenía el examen en dos días, y lo llevaba fatal.
– ¿Y qué hiciste?
– No demasiado. Pero eso no importa.
– ¿Por qué?
– Escucha. La chica de la que te hablo se llamaba Carmen. Esta vez no se trataba de tu abuela, ni de ningún juego de palabras. Era un mujercita preciosa. Algo menuda, pero guapísima y no menos educada.
– ¿Entonces te llevó al hospital?
– No. Tenía clase y no quería que se la perdiera. Tampoco me había golpeado tan fuerte, así que insistí.
– ¿Aceptó?
– Sí, con la condición de invitarme aquella noche a cenar.
– Debiste de gustarle mucho.
– Eso creí al principio. Era mi primera cita y me sentía pletórico. No me importaron los moratones, y mucho menos el examen.
– ¿Te llevó a cenar con sus padres?
– No, me llevó al mejor restaurante de Sevilla. El lugar menos apropiado para dos críos como nosotros.
– ¿Cómo se llamaba el restaurante?
Río Grande.
– ¿La besaste allí?
– No, pero aquella noche nos enamoramos. Quedamos la siguiente tarde en un parque que ambos frecuentábamos, aunque nunca nos habíamos encontrado antes. Yo llegué primero. Estaba muy nervioso porque sabía que ambos nos gustábamos y, por tanto, debíamos besarnos. El banco, que al principio me pareció pequeño, se volvía grande a medida que pasaba el tiempo y ella no venía. No sabía dónde sentarme, ¡ni cómo!, ¿cómo se debe esperar a una chica?
– ¿Llegó?
– Sí, aunque cabizbaja. Nada que ver con la chica que me había atropellado.
– ¿Qué le pasaba?
– Se había enfadado con unas amigas, ya sabes, cosas de la edad. A mí se me daba bien consolar a las chicas, pero no quería hacerlo con ella, lo único que quería hacer era besarla. Visto lo visto, empecé a perder mis esperanzas por dar el primer beso.
– ¿Qué hiciste entonces?
– Por extraño que te parezca, empecé a contar.
– ¿A contar? –pregunté extrañado.
– Sí, “uno, dos, tres, cuatro…”, los segundos se hacían eternos. La noche anterior me la pasé entera pensando en cómo sería aquel momento y aquello no se parecía en nada. Quise irme, no soportaba en lo que se había convertido aquella situación. No iba a querer que la besara. Bajé la vista y continué contando “quince, dieciséis, diecisiete…”. Su discurso no interrumpía para nada mis pensamientos. Los números parecían no acabarse y cada vez eran más pesados “treinta, treinta y uno…”, entonces, sin previo aviso y de la misma manera que cuando me detuve en el camino el día anterior, algo, no sé explicar qué, me obligó a que alzara la vista. Allí estaba Carmen, que miraba con otros ojos, su expresión ya parecía la de ayer. Había dejado de hablar y pasaba sus manos por mi cara y después por el cuello. Se acercaba y al final…
– ¡El beso!

– ¿Qué te parece si te lo explico cómo fue el día que naciste?
– Eso va a ser aburrido, abuelo.
– ¿Estás seguro de que no quieres escuchar esta historia? –respondió mientras toqueteaba el gramófono.
– ¿Por qué no me cuentas cómo fue la primera vez que besaste a una chica?
– Eso te lo contaré la semana que viene.
– ¿Qué música es esa que pones?
– Es Cab Calloway, un genio del jazz.
– ¿Y qué era lo que decías que pasó el día de mi cumpleaños?
– ¿Ahora quieres saberlo?
– Si no escucho esa historia, la semana que viene no querrás contarme a quién besaste por primera vez.
– O volvería a contarte alguna historia de tu abuela…
– ¿Pero lo del tren no era cierto?
– Sí, esa sí.
– Entonces, ¿qué pasó el 22 de febrero? ¿Nací de otro color?, ¿con antenas?
– Mejor aún, ese fue el día que tu padre y tu madre se reencontraron.
– ¿Por qué no estuvieron juntos el día anterior?
– Tu padre y tu madre no se casaron hasta años después de que tú nacieras. Ni siquiera eran pareja el día de tu nacimiento.
– A mí no me han contado lo mismo.
– Te han engañado.
– No.
– Creen que eres pequeño para saberlo.
– ¿Cómo explicas las fotos del viaje a Santo Domingo si es cierto lo que dices?
– ¿La luna de miel? Ese viaje lo pagué yo, y te aseguro que fue años después de que tu nacieras –alargó el brazo y sacó una fotografía del cajón de su escritorio.
– ¡Ves!, esa es la fotografía de la que yo hablaba –señalé a mis padres y le di la vuelta en busca de alguna pista.
– Mira el año.
– 1994.
– ¿En qué año naciste tú?
– 1992.
– Tu madre volvía a estar flaca porque habían pasado dos años desde que tú naciste.
– No puede ser –casi lloro, pero reprimí las lagrimas.
– No tienes razón por la que estar triste, aquel día fue bueno para ti. Tu padre tuvo un accidente en moto y la ambulancia se lo llevó al hospital donde tu madre iba a dar a luz. No era demasiado grave, algunos arañazos y un corte muy feo en la mano. Por casualidad, se cruzaron en los pasillos. Los enfermeros que empujaban de sus camillas pasaron por la misma planta y allí se vieron otra vez.
– Mi padre me contó una vez cómo me vio nacer, ¿cómo pudo mi padre verme nacer si le estaban curando las heridas?
– No lo hizo.
– ¡Será mentiroso! –exclamé tras unos segundos de silencio.
– Tal vez no debería habértelo contado…
– ¿Cómo volvieron a estar juntos?
– Aquella misma noche, tu padre dejó su camilla y se coló en la habitación de tu madre. Al día siguiente te vio por primera vez.

Rechazaba creer aquella historia. Por más que mi abuelo me diese pruebas objetivas, me resistía a pensar que mis padres no estaban casados cuando me tuvieron. Ellos me lo habían contado así.
En aquel momento –con mi cabeza trabajando mucho más deprisa que de costumbre– se me ocurrió la prueba definitiva.
   
– ¡Voy a comprobarlo!
– ¿Qué piensas hacer?
– ¡Voy a mirar si Papá tiene una cicatriz en la mano! –salí escopeteado hacia el salón, cogí la mano de mi padre y, atónito, contemplé la marca.

Durante dos semanas pensé que mi abuelo me había contado la verdad. Nada más lejos de la realidad.

- ¡Llevaba una falda cortísima!
- ¿Hasta dónde?
- Bastante por encima de las rodillas. Con las minifaldas que existen ahora no te parecerá gran cosa, pero por aquel entonces era un atrevimiento. Además, aquello de estar sentada hacía que todavía se le subiera más.
- ¿De verdad?
- No te miento, hijo.
- ¿Y cómo era la falda?
- Azul. Con margaritas estampadas. Era una falda estupenda, no vayas a pensar lo contrario, pero en lo que yo me fijaba era en sus piernas.
- ¿Como eran sus piernas entonces?
- Morenas. No demasiado bronceadas tampoco, pero el sol había dorado aquellas piernas de diosa en la medida de lo perfecto.
- He visto esas piernas un par de veces…
- Imposible.
- ¿Por qué no iba a haber descubierto unas piernas como las que tú dices haber visto? 
- Porque lo que yo te cuento no eran unas simples piernas. La falda, su pelo largo, su blusa, el calor de agosto, el vagón a medio llenar, todo, todo era una excusa para que solo fuese capaz de mirar sus piernas y lo que se dejaba entrever por encima de sus rodillas.
- ¿Y hablaste con ella?
- Fue el único remedio para fijarme en algo que no fueran sus piernas.
- ¿Cómo se llamaba?
- María.
- Me gusta. María…
- Es un buen nombre.
- ¿Sobre qué hablasteis?
- Le ofrecí una magdalena que me había sobrado por el camino y aquella artimaña me sirvió para preguntar su nombre, de dónde era y para qué iba a Bilbao. Fue muy amable y contestó a todo. Empecé a pensar cómo le contaría lo bonita que era mi nueva novia a mi hermano. Imaginé al idiota de mi amigo Luis, con la boca desencajada, y a mi madre explicando mi hazaña a sus amigas desde el balcón. Fantaseé con el primer beso, con nuestras manos juntas, con lo buena madre que sería…
- Mi padre diría que eres un ingenuo.
- Tu padre no tiene ni idea.
- Entonces, ¿volviste a ver a María?
- Todos los días.
- ¿Cómo?
- Casándome con ella.
- ¿Y la abuela?
- Con ella también me casé.
- ¡Te casaste con María!
- Y con Dolores.
- Pero has dicho que era María…
- Dolores.

Un domingo con mi abuelo Antonio.

Al día siguiente nos despertamos a la par. Te aseguro que no se despertó antes ni pasó la noche en vela. De haberlo hecho, hubiese sido el primero en molestarle.
Decidí que aquellas escasas dos horas o tres que tenía antes de poder entregar la carta, lo dejaría tranquilo. ¡Menudo error!

Por más que me estruje el cerebro aquella mañana, no di con la respuesta a cómo diablos habría escrito treinta y tres páginas en dos horas. Como imaginas, terminó entregándola e Insausti le escribió una carta de recomendación. Era tan buena que el profesor la escribió de su propio puño y letra. Luis me contó que había soñado la historia. Que había soñado durante horas con aquel magistral relato.
Aunque no le creí en un principio, terminé por hacerlo. Era imposible que hubiese ideado una trama de treinta y tres páginas sino había estado pensando -en sueños- durante toda la noche.

Interesante fue que escribió más de treinta folios sobre lo que había visto en un solo instante. Luis dilucidó la vida entera de un viejo que se encontró por la calle en un mísero segundo. En lo que dura una mirada.
Soñó que iba caminando por la ciudad y al mirar a un abuelo canoso, el tiempo se detuvo. Fue entonces cuando pudo leer las letras color sangre de su pecho: “U.S. Navy”. El escurridizo abuelo  sirvió en la marina estadounidense y sobrevivió a todas las guerras que su país le había encomendado. Mas no era eso lo que sorprendió a Luis ni lo que redactó en su carta. En sus ojos vio que el viejo podía predecir el futuro.
Quizá era una señal divina. Tal vez aquello significaba que Luis debía comunicar al estadounidense lo que había, decir: “Hey, no estás solo”. Pero Luis era como era; siempre alardeaba de no haberse inmiscuido nunca en la vida de los demás. Se limitó a escudriñar por entre los episodios de la vida del octogenario. Sin hacer ruido. Casi de puntillas. 

Mi gran amigo Luis nunca me ha terminado de contar del todo lo que escribió ni lo que la memoria del viejo le dejó ver. A veces pienso que quizá viera alguna imagen de devastación. Una especie de fin del mundo o apocalipsis, y prefiera ahorrarme las molestias. Quién sabe si aquel sueño era real. De Luis uno termina por esperarse cualquier cosa.

Lo poco que pude extraerle tenía que ver con un pobre desgraciado que previó la muerte de sus seres más queridos. Que sabía todo lo que iba a pasar en cualquier momento y de quien él quisiera. El viejo no era más que un desdichado al que la suerte había dotado de un don horroroso. Decidió no conocer a ninguna mujer, pues sabía que iba a morir solo y por qué iba a hacerlo entonces. Tampoco decidió tener a ningún buen amigo; pues, estos, había predicho que acabarían abandonándolo. No quería disfrutar del momento porque sabía que la angustia que sufriría al perder aquello que más querría sería mayor. Mas el viejo continuaba martirizándose en vida. Solo esperaba a que el día de su muerte llegara y así ir a un mundo en el que su poder no tendría cabida. Un lugar donde su increíble capacidad no le marginase.
En fin, lo que Luis contó a Insausti fue, como poco, tétrico. Y así fue como captó su atención de principio a fin. ¿Acaso tú podrías despegar la vista al leer algo semejante?

Antes de que lo olvide, lo relevante es que me quedé sin carta de recomendación, y sin trabajo durante un tiempo, mientras que Luis consiguió ridiculizarme una vez más.  

Deseé escuchar otra historia de otro soldado en el campo de batalla. Mas mi abuelo me la negó. Me explicó que iba a contarme una historia con la que aprendería mucho más. Y, acto seguido, dijo algo así como…

Esto que voy a narrarte ha sido tan real como tú y como yo. Para ti será de hace siglos, pero yo sigo recordándolo como ayer mismo.

Luis recibió un sobre de la universidad el mismo martes que cumplió veintitrés años. El sobre era azul, así que dedujo al momento que se trataba del profesor Insausti. Solo el profesor Insausti mandaba cartas dentro de sobres azules. Era famoso en toda Pamplona por ello.
Mi amigo Luis rompió el envoltorio como si la vida le fuese en el intento. Destrozó la lengüeta de papel y la extendió. Yo conocía todas y cada una de las palabras que contenía aquella carta. Es más, había calculado tan minuciosamente el plan, que sabía que iba a llegar a manos de Luis aquel preciso martes.

El cumpleañero y yo no habíamos sido siempre amigos. Sin duda lo habrás notado ya.
La carta de la que te hablo citaba a Luis en el despacho del señor Insausti el miércoles siguiente. Mi compañero de piso no tardó en sospechar de mí. Imaginaba que aquella burda trampa no tenía otro nombre que el de tu abuelo, yo.
Sin embargo, no pienses que negué la historia. Le conté todo, coma por coma.

Durante el año del que te hablo, había estado escribiendo una pequeña historia para el profesor de creatividad, Insausti. Tanto Luis como yo habíamos terminado nuestros estudios en la universidad hacia años. Pero yo quería una carta de recomendación del mismísimo Insausti. El simple hecho de poner su nombre en una carta de recomendación podía abrirte las puertas de cualquier empresa de publicidad. Como imaginarás, no era tarea fácil. Insausti pedía que le entregases un pequeño relato. Si este era capaz de captar su atención de principio a fin, él dibujaba su garabato en cuantas cartas quisieras. Eso sí, el texto debía rozar la perfección. Qué digo, debía ser perfecto.
 
Modestia aparte, mi relato era genial. Le entregaría el mejor texto que he escrito en mi vida. Lo repasé de arriba abajo durante meses. Pero un día se me ocurrió que aquella era la situación idónea para retar al enterado de mi compañero de piso. Luis era -y sigue siendo- el tipo más brillante que puedas imaginar; rétale a lo que sea y te demostrará que es muy capaz de hacerlo mejor que tú. Con aquel desafío pretendía forzarlo como nadie había hecho antes.

Escribí una primera carta al profesor que firmé con el nombre de mi todavía rival. A Luis le expliqué que, si se veía capaz, podía escribir aquel relato para mañana. Si a Insausti le seducía, cosa que daba por imposible por el poco tiempo que tenía, la carta de recomendación sería para él. De lo contrario, iría a hablar con él y le explicaría que todo se trataba de un error grandísimo: “La carta se la escribí yo, aunque por equivocación cogí uno de los sobres de Luis para entregarla a la universidad”. Así, el profesor Insausti no podría haber visto otro nombre que el de mi compañero de piso al recibir la petición.
Le entregaría mi historia y resolvería el malentendido. El plan era perfecto y, lo mejor de todo, Luis aceptó.

Si algo malo tenía Luis era lo fácil que era retarle a hacer cualquier cosa. Aunque, si yo ganara siempre, sería igual.
No solo me limité a dejarle un día para que escribiera la historia, sino que la carta llegó la tarde que que él había quedado con sus padres. El encuentro era ineludible, venían de demasiado lejos como para dejarlos de ver por una estúpida apuesta. Luis jugaba con una desventaja que le incapacitaba para elaborar cualquier historia hasta las seis o siete de la tarde.

Aún así, como he dicho, no se lo pensó dos veces. Aceptó y comió con sus padres.
Regresó agotado, su familia le había llenado la cabeza de pájaros. Pero la cosa no acabó ahí, entonces entraron en escena nuestros vecinos. Los del primero segunda eran nuestros amigos y aquella noche los había invitado a cenar. Luis no resistió la tentación y se unió a nuestra partida de cartas y después a la charla sobre economía, y, luego, a la discusión sobre democracia.
Había caído en mi trampa. Incluso más hondo de lo que yo había previsto. Eran las diez y Luis no había escrito ni una sola palabra.

En un momento de piedad, le recordé que debía escribir un texto para mañana. A lo que pareció hacer oídos sordos. Continuó con nosotros hasta que todo el mundo se había ido. Antes de entrar en su cuarto para dormir me confesó que era imposible que escribiera algo en aquel momento. Estaba demasiado cansado. Dijo que intentaría un milagro la mañana siguiente, se despertaría antes y se pondría manos a la obra.

(CONTINUARÁ)

- El soldado recibió la carta de su amada. Aquella mujer era a ojos del soldado lo mismo que Beatrice a los de Dante, es decir, el centro y razón de su universo.
Corrían tiempo difíciles, los soldados combatían en el frente -lejos, muy lejos de su hogar- mientras sus mujeres trabajaban y cuidaban de sus hijos al otro lado del mundo. Eran tiempos de locos, o así lo entenderás cuando te lo expliquen. Pero los hombres no sabían nada de todo aquello por entonces, ellos solo luchaban por su patria, honor y familia.
El soldado del que te hablo se llamaba Bob y tenía una mujer y un hijo maravillosos. Bob había sido llamado a las armas hacía un par de años aún no habiendo firmado ningún documento para alistarse…
- ¿No podía escoger no ir a la guerra?- cuestioné curioso.
- Los gobiernos necesitaban a más gente y acabó por no importarles que tuvieras familia (mujer e hijos), como excusa para librarte de la guerra. Como imaginarás, a Bob no le hacía ninguna gracia. Él vivía por y para su familia, pero debía ir, al fin y al cabo, era su país. El deshonor y la vergüenza que por aquel entonces pesaba sobre la espalda de los traidores o desertores era enorme; Bob no podía permitirse el lujo de no ir. Y así lo hizo.
Los días se convirtieron en meses para el pobre granjero de Virginia. Él no había escogido ir a la guerra; el frío y los ruidos de explosiones de madrugada le atormentaban todas las noches y no podía conciliar el sueño, él nunca había sido un hombre que valiera para eso. El saber que aquel día podía ser el último le llenaba de angustia y temor por las mañanas; y, peor aún, le parecía la idea de poder ser el responsable de la muerte de otro hombre. Aunque, esto último, lo solucionó fácilmente: cuando disparaba siempre apuntaba al aire disimuladamente, para que nadie le viera y le acusase de traidor. Y no creas que él fue el único, muchos de los soldados disparaban al cielo con tal de no matar a un adversario; un enemigo, por el que no guardaban ningún rencor. Tal vez era enemigo de su país, sí, pero no el suyo.
Pero, como iba diciéndote, aquel día fue distinto. Bob recibió su carta y sus preocupaciones dejaron de ser matar o perecer en el campo de batalla. La carta de su mujer le pedía encarecidamente que volviera. Ni a ella ni a sus hijos les importaba el oprobio -la deshonra- que aquella acción significaría. Es más, su mujer había ideado un plan: había invertido el dinero que había conseguido durante aquellos dos largos años en un pequeño rancho medio en ruinas. El rancho se encontraba en otro estado y lo había comprado bajo una identidad falsa, lo que significaba que nadie podría conocer o delatar a la familia de Bob en aquellas tierras.
Aquel mismo día, unas horas antes de recibir la carta de su esposa, un oficial comunicó a Bob que tenía una misión para él que lo haría regresar a casa. El oficial contó al de Virginia cómo él y otros hombres debían matar a un alto dirigente del bando contrario en una misión que catalogó de “algo peligrosa”, pero que les libraría de la guerra para el resto de sus vidas. Aquello hubiese sido tentador para cualquier soldado…
- ¿Y qué fue para Bob?
- Él pensó que era una buena oportunidad para volver a casa, pero tendría que matar a un jefe que, por muy alto cargo del bando contrario, continuaba siendo una persona. También sabía que si decidía volver a su hogar, él y su familia serían perseguidos.
- Difícil decisión…
- ¿Sabes qué es lo más extraordinario de esta historia? Que Bob no dudó ni un segundo a la pregunta de qué decisión tomar. Decidió volver y no correr el riesgo de que acabaran con su vida- porque en aquel momento no le importaba que lo matasen a él porque era su vida, sino que lo matasen y su familia quedase desamparada-, aún siendo después un soldado reconocido y libre de cualquier otra obligación. Volvería para ser un renegado, mas solo pensaba en la vergüenza de su familia, no en la suya. No le importó el largo camino ni las injurias que la gente de su pueblo pudiera proclamar en su contra si los encontraban. Lo único que tenía en mente era su maravillosa mujer y a su pequeño hijo que tenía seis años -como tú.

Cuando dijo aquello de los seis años desperté del letargo. Durante los minutos que tardó en narrarme la historia pude viajar por los exóticos parajes de la granja de Bob y por la aterradora tierra en la que este luchaba. Veía lo que ellos veían y experimentaba las sensaciones y sentimientos que ellos habían tenido.
A partir de aquel día, el padre de mi madre se convirtió en mi abuelo favorito. ¿Para quién no se hubiese convertido?

El despertador sonó a las nueve menos cuarto, ¡qué locura! Justo en ese momento oí sonidos que procedían de la habitación de mi hermana: alguien correteaba y cerraba y abría el armario en cuestión de segundos. Sin hacerse esperar, otra ráfaga de sonidos inundó mis pensamientos. Toda la familia se arreglaba, ¿por qué lo harían?, si era domingo y, como todo el mundo sabe, los domingo no se hace nada.
Me levanté, muy indignado, y salí a ver qué era toda aquella locura. María introducía su pequeño brazo por la chaqueta e insertaba cada uno de los botones por su correspondiente agujero -no lo pensé en aquel momento, pero ahora me parece una imagen bellísima. Mis padres ya estaban preparados; eché una mirada furtiva a mi madre y esta contestó la mirada con indiferencia, parecía saber lo que estaba pasando. “¿Se puede saber qué es lo que sucede en esta casa?”, pregunté ya harto. “¿Es que a caso no lo sabes?”, respondió hábilmente acabando con la conversación.
¿Cómo diantres se lo harán las madres para responder siempre a tus preguntas con más preguntas?

Desayuné a toda prisa -para que te hagas una idea- para cuando ya había devorado las dos magdalenas que Mamá había preparado para mí, el vaso de leche continuaba girando sobre su base, buscando todavía un punto de apoyo sobre el que descansar. María también había desayunado, al parecer, el único que se había olvidado de lo que fuese era yo.
Los domingos era tradición ir a ver al abuelo; llevábamos haciendo este peregrinaje desde que yo tenía tres años y nos mudamos a Barcelona. Antes de vivir en la Cuidad Condal, la casa de mi abuelo quedaba muy lejos y solo veníamos ocasionalmente -o eso es lo que me han contado. De todos modos, no recuerdo nada que pasase antes de ese día. Mi vida anterior a aquel domingo solo existe en álbumes fotográficos y en la memoria de mis padres y abuelos; es decir, si mi padre me contase que antes de aquel día había sido verde y yo encontrase una fotografía que lo intuyera, lo creería.
Tenía seis años. El mundo seguía siendo enorme y lleno de magia. Mi madre se encargó de recordarme que aquel domingo me moría de ganas por ver al abuelo porque hacía tres días que estrenaba una edad que ya se podía contar con los dedos de dos manos, me sentía mayor e importante, y, sobre todo, sabía que el abuelo iba a regalarme algo. Mi abuelo era un fantástico contador de cuentos, dibujaba bien y se llamaba Antonio; así era mi abuelo, describible únicamente por ese orden.

El día había empezado claramente mal, a semejanza de una comedia griega: primero, me habían despertado a las nueve,¡un domingo!; luego, había tenido que engullir las magdalenas -con lo mal que aquello me sentaba-; y, por último, descubrí que aquel año mi abuelo había decidido obsequiarme con algo no material, con lo que a los niños les gusta eso.
El regalo de mi abuelo consistía en contarme su historia. Quería regalarme algo a lo que no se le estropeasen las pilas a los dos meses, algo que nunca perdiera valor -es más, que lo ganara con los años-, en definitiva, mi abuelo quería regalarme su legado; y así lo hizo. Como en toda comedia griega: lo que empezó como desastre, terminó de forma magistral. Más arriba ya he descrito a mi abuelo como un fantástico orador y, reitero, sus palabras eran abrumadoramente embriagadoras. Tal vez su voz grave tuviera algo que ver en ello.
Decidió transmitirme su sabiduría a través de cuentos y leyendas que a la vez aprendió de su abuelo; quería enseñarme todo lo que pudiese y, en más de una ocasión, contaría algo que tenía que ver con su propia experiencia.

El primer día me explicó algo sencillo, escueto. Por otro lado, lo que ahora entiendo por aquella historia, en nada se parece a lo que primeramente entendí. Fue aquel mismo domingo cuando le hice jurar y perjurar que no habría día en que no me contase una de sus historias -todos los domingos, claro- porque lo que, a priori, había sido un regalo decepcionante, terminaría siendo una genialidad. Las maravillosas historias de mi abuelo.
El primer relato lo tituló “El soldado rebelde” y decía algo así como…

(CONTINUARÁ)